“RELATIVIZANDO LA JUSTICIA”
Representada por primera vez el 15 de diciembre de 1949 en París, “Los justos” es una obra teatral escrita por Albert Camus, autor y filósofo francés galardonado con el Premio Nobel y también conocido por obras como “El extranjero”, “La muerte feliz” o “El mito de Sísifo”.
En su obra “Los justos”, Camus contrapone dos actitudes diferentes dentro del terrorismo, y para ello escoge como contexto la revolución rusa de 1905 y un grupo de revolucionarios dispuestos a acabar con la tiranía del zar. Boris, el líder, es quien planifica un atentado terrorista que tiene como objetivo acabar con la vida del Gran Duque. Dora, su hermana, quien diseña la bomba. El encargado de hacer que esta estalle es Kaliayev, un joven entusiasta dispuesto a demostrar que es capaz de cualquier cosa por que triunfe la revolución. Alexis se nos presenta como la persona que deba hacer estallar la bomba en caso de que Kaliayev falle, y Stepan, un ex-presidiario, como un hombre de convicciones radicales profundas y cuya única justificación se basa en que el fin justifica los medios.
Dentro de los personajes destacan especialmente dos: Stepan y Kaliayev, pues, aunque ambos comparten el sueño de una Rusia mejor, Stepan es defensor de la ideas: “Nada de lo que pueda servir a nuestra causa está prohibido” y “Yo no amo la vida, sino la justicia, que está por encima de la vida”. Kaliayev, por el contrario, ama la vida: “Amo la belleza y la felicidad. Por eso es por lo que odio el despotismo. ¿Cómo explicarles esto? ¡La revolución, claro! Pero la revolución por la vida, para dar una posibilidad a la vida, ¿comprendes?”
La obra entera parece ser una justificación al terrorismo, pero, dentro de ambas posturas, destaca la idea de la revolución por la vida, de tal forma que el fin no justifica los medios. Así, cuando Kaliayev se dispone a hacer estallar la primera bomba, es incapaz de hacerlo, puesto que hay niños inocentes en escena y no considera que la justicia se alcance con el derramamiento de sangre inocente, cosa que Stepan le recrimina puesto que opina lo contrario. Y digo que Camus parece defender más dicho tipo de terrorismo puesto que ninguno de los otros personajes apoya la postura de Stepan, sino la de Kaliayev, que es la que finalmente “triunfa” en la obra: la del personaje que hace un mal en busca de un bien mayor, pero sin negar luego su culpa.
En pleno siglo XXI, donde el terrorismo se ha radicalizado y se evalúa con otros ojos, la idea de que alguien pueda defenderlo es algo que, francamente, nos aterroriza. Sin embargo, si juzgamos el período en que vivió el autor, quien creció y se desarrolló entre guerras, en medio de un entorno sembrado de dictaduras, falta de libertades y opresión, quizá podamos comprender un poco mejor las ideas que presenta Camus, al menos si somos abiertos de mente o hacemos un esfuerzo por serlo. De hecho, es muy fácil comprender el punto de vista de Kaliayev una vez nos metemos en su espiral y en el contexto que vive, pues los argumentos que emplea son hábilmente persuasivos. También se puede llegar a comprender el punto de vista de Stepan, aunque leyendo la obra, en mi opinión, es más difícil que el lector empatice con el pensamiento radical de dicho personaje, puesto que sus argumentos son más brutales y menos elaborados, así como discutidos por el resto de personajes. Pese a todo, como se puede ver en la obra, el concepto de justicia varía en cada uno de los protagonistas, pudiendo concluir por nuestra propia cuenta que, como cualquier otro concepto abstracto, es muy relativo.
Camus nos presenta a unos personajes que luchan por la justicia, cada uno adoptando una postura diferente, pero, a fin de cuentas, haciéndolo de la mejor (o quizá de la única) forma que saben. “Los justos” es una obra, sin duda, escrita para reflexionar, no sólo para pasar un mejor o peor rato. Es una obra para leer, evaluar, analizar y contrastar: contrastar con las ideas que presenta, contrastar con nuestras propias ideas, con las de personas a las que conocemos… Y, sobre todo, se trata de una obra hecha para argumentar, puesto que sin argumentos, cualquiera de las ideas que nos presenta, carece de total validez.
En definitiva, la obra de Camus merece la pena ser vista o leída, y no hace falta que compartamos sus mismos puntos de vista para poder disfrutarla; simplemente hace falta una buena disposición, tener la mente abierta y ganas de comprender.
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