jueves, 20 de septiembre de 2012

"Defender a Jacob", de William Landay


“LA INOCENCIA DE LOS HIJOS”

William Landay, autor de “La puerta roja” y “El estrangulador”, regresa una vez más con su tercera novela, “Defender a Jacob”, un legal thriller en el que hace gala de sus amplios conocimientos en el campo jurídico; de hecho, durante muchos años desempeñó el puesto de fiscal de distrito.

El día en que un adolescente muere tras haber recibido tres puñaladas, Andy, fiscal del distrito, es puesto al cargo de la investigación. La ausencia de pruebas y de testigos del crimen parecen indicar que este nunca será resuelto; sin embargo, una sangrienta huella dactilar descubierta en la pechera de la sudadera del joven y que se corresponde con la de Jacob (el hijo del fiscal), así como los rumores que circulan en la red acerca del mismo, parecen señalar a este como el autor de la matanza.

Landay relata la historia en primera persona principalmente, a través de la voz de un padre desesperado por demostrar que su hijo no tiene nada que ver con el caso que investiga, planteando al lector una cuestión fundamental: ¿Hasta qué punto un padre conoce o cree conocer a sus hijos? ¿Cómo reaccionarías si a tu hijo adolescente lo acusaran de asesinato? Estas dos preguntas, que difícilmente se plantearía nunca un padre, son las que conducen el relato y nos atrapan en una espiral degenerativa en la que la sombra de la duda termina por minar la confianza dentro de la propia familia: Andy, fiel a su hijo a pesar de las señales cada vez más evidentes de la culpabilidad de este, es testigo de la precipitada decadencia de su esposa, a la que la duda parece ir corrompiendo por dentro a marchas forzadas hasta conducirla a un apoteósico final. Pero, por si fuera poco con esto, Landay introduce otro elemento de peso en la historia: Andy lleva ocultando un terrible pasado familiar que arrastra como un lastre y que le señala a él y a su hijo como criminales potenciales. La cuestión es: ¿Estamos las personas determinadas genéticamente para actuar de una forma concreta? ¿Existen genes asesinos cuya herencia nos condenarán a la violencia y al crimen?

El autor nos muestra en su novela el estigma que supone para una familia una acusación del calibre de la expuesta en la historia, pues, al margen de la veracidad o no de la acusación, todas esas personas que antes se hacían llamar amigos van distanciándose poco a poco de ti, incluso aunque el acusado sea tu hijo y no tú. ¿Hasta qué punto un padre es responsable de los actos de sus hijos? ¿Se debe estigmatizar a un padre por el comportamiento de su hijo, aún a pesar de haberse esforzado todo lo posible por guiarlo por la senda de la corrección?

Avanzando a través de una interesante trama plagada de interrogantes y de intriga, Landay también nos invita a reflexionar acerca de los problemas y peligros que entraña una sociedad como la actual, con tantísima información masificada a través de las redes de internet, y donde nuestra privacidad se ve continuamente amenazada por instrumentos tan de doble cara como las redes sociales, capaces de generar la ilusión de un acercamiento entre las personas (que, en el fondo es falso), pero también de destapar nuestros trapos sucios.

Pero, sobre todo, lo más destacable de la novela es el amor paternal, un amor leal que persiste incluso en los momentos más críticos, el amor de un padre entregado a su hijo aún a pesar de que pueda ser un monstruo, pues, al final de todo, un hijo es un hijo, y ¿qué padre no daría su brazo derecho por defender a su retoño?

En coclusión, la novela de Landay nos hace cuestionarnos continuamente, desde el intrigante inicio hasta el sorprendente final, nuestros propios valores y nuestra propia visión de la realidad a través de una historia que fluye con un ritmo trepidante y cuyo estilo no tiene nada que envidiar al de autores tan renombrados como John Grisham.






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