“LA INOCENCIA DE LOS HIJOS”
El día en que un adolescente
muere tras haber recibido tres puñaladas, Andy, fiscal del distrito, es puesto
al cargo de la investigación. La ausencia de pruebas y de testigos del crimen
parecen indicar que este nunca será resuelto; sin embargo, una sangrienta
huella dactilar descubierta en la pechera de la sudadera del joven y que se
corresponde con la de Jacob (el hijo del fiscal), así como los rumores que
circulan en la red acerca del mismo, parecen señalar a este como el autor de la
matanza.
Landay relata la historia en
primera persona principalmente, a través de la voz de un padre desesperado por
demostrar que su hijo no tiene nada que ver con el caso que investiga,
planteando al lector una cuestión fundamental: ¿Hasta qué punto un padre conoce
o cree conocer a sus hijos? ¿Cómo reaccionarías si a tu hijo adolescente lo
acusaran de asesinato? Estas dos preguntas, que difícilmente se plantearía
nunca un padre, son las que conducen el relato y nos atrapan en una espiral
degenerativa en la que la sombra de la duda termina por minar la confianza
dentro de la propia familia: Andy, fiel a su hijo a pesar de las señales cada
vez más evidentes de la culpabilidad de este, es testigo de la precipitada
decadencia de su esposa, a la que la duda parece ir corrompiendo por dentro a
marchas forzadas hasta conducirla a un apoteósico final. Pero, por si fuera
poco con esto, Landay introduce otro elemento de peso en la historia: Andy
lleva ocultando un terrible pasado familiar que arrastra como un lastre y que le
señala a él y a su hijo como criminales potenciales. La cuestión es: ¿Estamos
las personas determinadas genéticamente para actuar de una forma concreta?
¿Existen genes asesinos cuya herencia nos condenarán a la violencia y al
crimen?
El autor nos muestra en su
novela el estigma que supone para una familia una acusación del calibre de la
expuesta en la historia, pues, al margen de la veracidad o no de la acusación,
todas esas personas que antes se hacían llamar amigos van distanciándose poco a
poco de ti, incluso aunque el acusado sea tu hijo y no tú. ¿Hasta qué punto un
padre es responsable de los actos de sus hijos? ¿Se debe estigmatizar a un
padre por el comportamiento de su hijo, aún a pesar de haberse esforzado todo
lo posible por guiarlo por la senda de la corrección?
Avanzando a través de una
interesante trama plagada de interrogantes y de intriga, Landay también nos
invita a reflexionar acerca de los problemas y peligros que entraña una
sociedad como la actual, con tantísima información masificada a través de las
redes de internet, y donde nuestra privacidad se ve continuamente amenazada por
instrumentos tan de doble cara como las redes sociales, capaces de generar la
ilusión de un acercamiento entre las personas (que, en el fondo es falso), pero
también de destapar nuestros trapos sucios.
Pero, sobre todo, lo más
destacable de la novela es el amor paternal, un amor leal que persiste incluso
en los momentos más críticos, el amor de un padre entregado a su hijo aún a
pesar de que pueda ser un monstruo, pues, al final de todo, un hijo es un hijo,
y ¿qué padre no daría su brazo derecho por defender a su retoño?


